Las coyunturas políticas hacen a veces que perdamos de vista la manera o incluso el estereotipo de cómo se desenvuelven algunos temas importantes. Tampoco se puede uno salir de lo que está pasando, pero el complejo y a veces agresivo proceso político da lugar a que a veces extrañemos parajes intelectuales más amables y tranquilos. Como el tema del pensamiento racional y el pensamiento mágico, los que naturalmente también tienen repercusiones políticas importantes. Creo que era José Carlos Mariátegui el que señalaba la importancia del mito en la formación política de nuestra nación. Por otra parte la época es de esas que hace ver conspiraciones en todas partes, lo que de algún modo es propio de los procesos políticos. Quisiera contribuir un poco a elevar el debate al respecto y a aclarar algunas cosas, en la corta medida de mis capacidades, por supuesto.
Explorando el Tema
En cierta discusión en que se planteaba críticas políticas de fondo, mi dilecto amigo W se refería al pensamiento crítico tal como existe en la sociedad - y en cierto modo tal como se plantea en la escuela hoy en día. En el contexto de dicha discusión, W señalaba que el pensamiento crítico está sobrevalorado y deformado, dado que se percibe el afán de los opinantes de construir seres a su imagen y semejanza en el contexto de la empresa intelectual, que denotaría el deseo de uniformar el pensamiento de las masas, debido a una cierta vocación totalitaria de dichos intelectuales; lo que a su vez tendría como efecto de que dichas masas, quizá no tan “pensantes” como W quisiera, generaran teorías de complot totalmente desinformadas, que producirían efectos nocivos en la opinión pública, y por ende tomar decisiones políticas inadecuadas. Vale decir, si entendí correctamente, los intelectuales harían críticas políticas que al llegar a las masas terminarían por fomentar “teorías de complot” en la opinión pública.
En corto nomás, el pensamiento crítico, o quizá más bien ciertas críticas específicas y sólidas, al llegar a las masas, serían reinterpretadas y refraseadas por éstas en el formato del pensamiento mágico, lo que daría lugar a las famosas “Teorías de Conspiración”. W no tuvo mayor oportunidad de decirlo, pero sería obvio que habría una intención de carácter político en ello. De hecho, W me obligó a reflexionar sobre este tema, que entiendo como bastante de fondo. Espero no ser demandado en tribunales por derechos de autor por citar sus interesantes y picantes ideas.
Entendámonos un poco. Las “teorías de complot” o “teorías de conspiración” explican ciertos hechos, situaciones o circunstancias en términos de aconchabamiento de determinadas personas o grupos que intencionadamente buscan un resultado ventajoso de manera secreta y engañosa. Abundan estas teorías en el imaginario popular, en apariencia resultado natural de la división entre sociedad y estado, y hay gentes que hacen harta plata explotando las creencias alrededor de ellas. Se dice, por citar solamente un ejemplo, que la existencia de los “platillos volantes” estaría siendo ocultada por una vasta conspiración entre gobiernos, fuerzas armadas, científicos, empresas y medios de comunicación de diversos países. La difusión de un documental como Zeitgeist respondería también a una lógica de este tipo. Además, es común en el proceso político oír sobre “planes maquiavélicos” o de “conspiración para impedir que X o Y alcance el poder político”, o para que se dé determinada ley o se sostenga o ataque determinada política. Se acusa por lo general a las confluencias de intereses de los grupos de poderes fácticos de “coludirse” para obtener ventajas políticas y económicas. El pensamiento crítico sobrevalorado estaría en el germen de este punto de vista.
Entiendo que la base de las “teorías de conspiración” es social y cultural, y una causa posible serían los miedos difusos que la mayoría de la población padece. No es que como especie hayamos vivido nunca en mucha seguridad, pero aparentemente las gentes sienten más inseguridad que “antes”, desde que percibirían y sentirían que el alcance de su libertad para tomar decisiones sobre sus propias vidas es cada vez menor. Vale decir, que el curso de la existencia estaría determinado por fuerzas ocultas de enorme poder, cuyas decisiones obliterarían cualquier cosa que los individuos pudieran hacer. Esta sensación de alguna manera tiene que angustiar. Aceptar la verdad de alguna teoría conspirativa ofrecería algún tipo de “explicación racional” que proporcionaría la ilusión de que existe cierto control de la voluntad sobre los acontecimientos y a la vez explicarían las difíciles situaciones vividas a través de sus “culpables”. Se calmaría la angustia de la indefensión. El tema da para largo, pero para no entrar en largas elucubraciones, dejemos aquí la parte explicativa, con cargo a reformularla si necesario fuese.
También se dice que el pensamiento crítico estaría en la base de estas teorías de conspiración. No estoy demasiado seguro de ello. El miedo no es racional, aunque sí sería un mecanismo de defensa. La crítica supuestamente es racional, por lo menos ejercida de manera solvente y cuando se ajusta a la realidad de las cosas. Por otra parte, es muy posible que críticas específicas al estado de cosas puedan devenir con facilidad en teorías de conspiración. Percibir la posible realidad cuando todas las variables no son conocidas es más bien indicio de empleo del pensamiento crítico. Tomemos como ejemplo el detonante de la escalada en la Guerra de Vietnam, el “Incidente del Golfo de Tonkín” de 1965. Desechado durante años como vulgar “teoría de conspiración” por los poderes constituidos, resultó que tal complot realmente se había ejecutado, con los costos consiguientes que pagaron millones de vietnamitas y norteamericanos. Y es que hay una diferencia entre “teoría de la conspiración” como exudación popular, y la percepción de intereses políticos realmente existentes. Las situaciones de temor difuso que proporcionan fuerte motivación para la percepción de la realidad política no lo explican todo.
Por otra parte las “teorías de conspiración” sí presuponen ciertos rasgos de “pensamiento mágico”. Por ejemplo la transferencia de la responsabilidad de los acontecimientos a poderosas fuerzas ocultas. Así ha sido históricamente siempre, y no otra cosa fue – y es - la creencia en entidades todopoderosas, vulgo dioses, que determinan los hechos. Vale decir, la atribución de las causas de diversos estados de cosas, desde el analfabetismo hasta la ocultación de la existencia de marcianos, suele ser atribuida modernamente a complots dirigidos a engañar a las gentes y que proporcionarían determinadas ventajas a los conspiradores, que serían por ende, “culpables” o “responsables” de ese estado de cosas. Cómodo para asignar responsabilidades a falta de dioses, y con seguridad produce efectos políticos. En esta categoría están aspectos como la atribución de responsabilidad a la CIA en los ataques a las Torres Gemelas el 11 de setiembre, pongamos por caso. El control y dosificación de la información ejercida por los poderes políticos fácticos suele así empatar con los temores y sensación de indefensión de la población. Pero no nos dice nada sobre la verdad o falsedad de los hechos.
El asunto se complica si entendemos que en política la discusión demasiadas veces se centra en la denuncia de conspiraciones y contra-conspiraciones por parte de grupos de intereses muy específicos y concretos, por lo general enfrentados entre sí. La política está constituida, entre otras cosas, por el choque de tales intereses, y de los grupos que los representan, sin desmedro de otras motivaciones más personales y de tendencias sociales que pueden percibirse. Vale decir, existen bases muy concretas para la existencia de teorías conspirativas en los colectivos humanos.
Problematizando el tema
No todas las “teorías de conspiración son iguales. Por una parte ¿Hay un complot para hacer creer a las personas que los norteamericanos llegaron a la Luna cuando no fue así? ¿O para esconder al famoso y Abominable Hombre de las Nieves? ¿O para esconder la presencia de extraterrestres entre nosotros? Y por la otra parte, ¿Hay o no hay “complots” o “conspiraciones” para mantener bruta a la gente, en el entendido de que masas ignaras son manipulables políticamente? ¿O entre algunas encuestadoras para subir o bajar a determinados candidatos? ¿O aconchabamiento entre los productores de un determinado producto, por ejemplo el arroz, el azúcar o los medicamentos, para elevar los precios y aumentar los márgenes de ganancia? ¿O, llegando al terreno de la política internacional, para hacerle creer a la gente que Irak estaba lleno hasta los topes de armas de destrucción masiva, y que Saddam Hussein era el culpable de las bombas del 11 de setiembre, lo que justificaba la invasión de Irak?
El que estas líneas escribe es, en general, muy reacio a pensar en términos conspirativos. Pero se dice que el ejercicio del pensamiento crítico entre los intelectuales, cuando “baja a bases” es inficionado de pensamiento mágico y produce teorías de conspiración. En cierto modo se esperaría, y estoy de acuerdo, que los intelectuales muestren responsabilidad en lo que dicen y prevean los efectos que pueden producir. Aunque también ello suena a una suerte de acusación de contra-complotismo.
Quedaría claro, si he entendido bien, que la preocupación mostrada alrededor de una vulgarización descuidada del pensamiento crítico podría hacer ver “teorías de conspiración” donde no las hay. Sin embargo, también resulta cierto que NO verlas cuando las hay resulta un ejercicio de ocultamiento de la realidad, como en el caso de una concertación de productores oligopólicos para mantener un nivel de precios. Y ocultar la realidad no parece ser pensamiento crítico, sino simple ceguera. Quizá el término “teoría de conspiración” oculta tanto tonterías como realidades concretas.
Por desgracia entendemos muy mal la discusión política, y pensamos que se trata únicamente de verter opiniones al fresco y enfrentarlas unas con otras. La tendencia post-moderna a la relativización de los contenidos convierte a las opiniones en “equivalentes”. Como dice el tango, Lo mismo un burro que un gran profesor encuentran sus opiniones igualmente valoradas. La crisis cognitiva que viene gestándose desde un par de siglos atrás ha tendido a la eliminación social de los conceptos de Verdad o Falsedad, del mismo modo que la vulgarización de la Teoría de la Relatividad de Einstein – totalmente ajena a las preocupaciones sociales y políticas – condujo a la popular creencia de que “todo es relativo”.
Construyendo el Tema
Si bien la discusión política es apasionada de necesidad, no por ello veo que debiera perder los aspectos racionales que, también de necesidad, posee, y que son la base de las opiniones políticas que determinan nuestra toma de decisiones. Cuando nos quedamos solamente con la emoción política, y eliminamos el pensamiento racional – del que la “crítica” sería una parte -, terminamos discutiendo apasionadamente acerca de los problemas de la Deflación cuando el riesgo a enfrentar es la Inflación, por ejemplo. O distraemos nuestra atención y comprometemos nuestra emocionalidad con temas de agenda de menor relevancia, como la Pena de Muerte para los violadores, en vez de preocuparnos de temas mucho más relevantes como de qué vamos a vivir el próximo quinquenio. O simplemente nos dedicamos a discutir acerca de nuestra opinión sobre ciertas palabras mágicas, ciertos “abracadabras” surgidos de la opinión personal, las antipatías o las ortodoxias, sin ninguna aportación real de contenido concreto y utilizable. Creemos que el problema de la delincuencia se resuelve “mágicamente” construyendo más cárceles. Creemos que la pobreza “desaparecerá” de modo “mágico”, aplicando conceptos “ábrete Sésamo” como Libre Mercado o Planificación Socialista. Ideas políticas como Democracia, Corrupción, Voluntad Popular, Elecciones, Nación, Estado, incluso Educación, son conceptos que pueden entenderse mágicamente, como “palabras mágicas”. Intentemos entender un poco qué ocurre dentro de este universo simbólico que contrapone lo mágico con lo racional.
El pensamiento mágico no tiene nada de nuevo. Si soy un chamán moche y mi sociedad, mi estado y mi conveniencia colectiva y personal necesitan de lluvias, empleo una estructura de ideas explicativas del Universo que me dicen – y aquí ruego a mi conjunta que me perdone las inexactitudes - que los dioses o ancestros divinizados, para asegurar un orden del mundo que proporcione a tiempo y en cantidad suficiente las aguas que nos permitan sobrevivir, requieren de determinados ritos y ceremonias que las produzcan. Si procedo a dichas ceremonias y ritos y las lluvias no se producen, la tendencia es entonces a permanecer dentro del mismo sistema simbólico de ideas, buscar la falla “de procedimiento” que determinó el fracaso, y empezar de nuevo, esta vez sí de manera correcta, para lograr los objetivos, es decir que llueva. Se pronunciará mejor las palabras mágicas, se realizará el rito de modo más acucioso. Naturalmente, esto no prueba que el sistema de ideas sea “correcto”. Solamente que es consistente consigo mismo. Y para el chamán y la sociedad moche es operativo en la medida que funcione.
Del mismo modo, en la actualidad empleamos un sistema estructurado de ideas explicativas del Universo que me dicen que las lluvias son parte de un ciclo hidrológico propulsado por la energía que el Sol desprende y que determina las precipitaciones. Realizamos ciertos “ritos” y “ceremonias” – que llamamos a veces “protocolos” - que se requieren para que llueva, entre los que destaca el empleo de aviones que rieguen las nubes con determinados compuestos químicos para hacer que el agua condense y precipite, es decir, que llueva. A veces esto funciona, y a veces simplemente no funciona y no llueve. La tendencia entonces será permanecer dentro del mismo sistema simbólico de ideas, buscarle la falla “de procedimiento” que determinó el fracaso, y empezar de nuevo, esta vez sí de manera correcta, para lograr los objetivos, es decir que llueva. Los aviones serán mejor equipados, los compuestos químicos serán cambiados o mejorados, se ejecutará el protocolo de modo más riguroso. Naturalmente, esto no prueba que el sistema de ideas sea “correcto” (Y aquí puedo ver a los científicos poniendo el grito en el cielo). Solamente que es consistente consigo mismo. Y para nosotros y la sociedad peruana actual es operativo en la medida que funcione.
Notaremos que la estructura del pensamiento resulta en ambos casos ser equivalente. Por supuesto, los contenidos varían de sociedad en sociedad o en el tiempo en el interior de la misma. Debemos esta interesante reflexión sobre la naturaleza mítico-mágica de las estructuras simbólicas del conocimiento mágico y científico al filósofo y lógico Willard Orman Quine. Claro, ya no es Aia Paec quien trae la lluvia, es, digamos, y para inventar un término bacán, la “inter-acción termoiónica” – y pido disculpas por el neologismo. No es que hayamos cambiado mucho desde los moches acá, precisamente … es simplemente que la idea “inter-acción termoiónica” le resulta más eficiente y aceptable a las personas de hoy para explicar y predecir la experiencia cultural contemporánea que los mitos moches … Según Quine, no hay modo alguno de saber cómo es la realidad independientemente de nuestra experiencia, todo lo que podemos hacer es construir más mitos, mitos que constituyen una estructura de ideas que hoy llamamos “ciencia”. La diferencia entre el chamán moche y los científicos modernos sería únicamente que nuestro modo de construir mitos resulta más útil y eficiente … para nosotros. Seguro a los moches nuestros mitos no les servirían y preferirían seguir con las batallas rituales.
Cuando en una escuela el profesor de Geografía le pregunta a un chico por qué llueve cuando el avión arroja compuestos a las nubes, y el chico responde: “Ah, profe, eso es por la inter-acción termoiónica”, tal respuesta equivale en cuanto explicación a lo mismo que decir que es gracias a la acción de San Soponcio de las Nubes Cargadas, y en consecuencia es percibida de modo mítico-mágico, desde el momento de que el pobre chico – y el profesor, de paso – no tiene la más mínima experiencia propia que le sirva para “percibir” la “inter-acción termoiónica”. A no ser, claro, que el alumno o el profesor, o el texto o las diapositivas o el material la explique, para lo que necesitará más símbolos mítico-mágicos, tales como “calor”, “temperatura”, “condensación”, “iones”, “átomos”, “cargas eléctricas”, “campos electromagnéticos”, y un largo etcétera de conceptos de los que nadie tiene la más mínima experiencia directa. Es decir, puros conceptos organizados en una estructura mítica, y empleadas como “abracadabras” para explicar la realidad. Lo único que pueden hacer el alumno, el profesor, el autor del texto y los materiales es “creer” que es cierto que la “inter-acción termoiónica” funciona. Del mismo modo que los buenos católicos creemos que la Trans-substanciación funciona …
Traslademos el problema a las ideas políticas. Democracia por ejemplo. La experiencia que tenemos de ella resulta igual de huidiza, y constituye con mayor razón un mito. Cuando el chamán hace sus ritos o cuando el avión arroja compuestos, por lo menos algunas veces LLUEVE. Con los conceptos políticos la cuestión se complica, porque la experiencia que marca el significado que le adjudicamos a “Democracia” – que es un constructo “ideal”, a diferencia de la lluvia, que es posible de ser percibida a través de los sentidos – no es captada del mismo modo por todas las personas. Si yo digo por ejemplo que una situación “x” se arregla con más “democracia”, pues en realidad estoy en el nivel del chamán moche – y del científico meteorólogo – que busca un rito - protocolo para influir sobre la realidad, en este caso la realidad social. Y el problema es que en términos políticos pensamos mágicamente en que el uso de ciertos ritos y ceremonias producirá ciertos resultados. Ojalá nos funcionara así. Y entonces, dentro del mismo sistema simbólico de ideas, buscamos la falla que determinó el fracaso, y empezamos de nuevo, esta vez sí de manera “correcta”, para lograr los objetivos políticos deseados.
En Ciencia hay posiciones epistemológicas encontradas, pero hay cierto consenso que ésta no trata tanto de las “afirmaciones científicas”, que son productos finales y pueden asumirse de modo mítico-mágico, cuanto del proceso, que posee ciertas reglas que aseguran un cierto tipo de resultados. La “validez” de la Ciencia no surge de la afirmación de la “inter-acción termoiónica” como productora de lluvia, como la “validez” de la magia no está en la afirmación de la batalla ritual como regulador meteorológico. Está en el cómo llegamos a esa afirmación, es decir, en el conjunto riguroso de pasos metódicos que nos lleva a producir un cierto tipo de proposiciones, que enlazadas entre sí de una peculiar manera lógica nos proporciona ciertas certezas, entre ellas que cierto tipo de bombardeo de las nubes o que cierto estilo de combate ritual producirá lluvia. Y ello resulta en una identificación de la estructura simbólica del conocimiento en la ciencia-tecnología y el mito-magia. Pues nuestro amigo el chamán moche con seguridad posee un acervo de pasos metódicos que, enlazados entre sí de una peculiar manera – dentro de la lógica propia – le proporciona ciertas certezas, entre ellas que cierto tipo de combates rituales producirá la lluvia o podrá contenerla.
Pero nosotros y nuestra sociedad ya no podemos atracar con la magia porque no la percibimos tan eficiente como solía serlo para los chamanes moches.
En Política la cosa es asaz complicada. Dícese que la Política es ciencia y es arte, y en ella el empleo del pensamiento racional deviene por ende de manera análoga a la de cualquier cuerpo de conocimiento. En el caso del pensamiento crítico, las afirmaciones o proposiciones que hacemos al respecto no tienen significación en términos de “validez”. Como ocurre con otros campos del conocimiento humano, lo que sí tiene significación es el proceso seguido, es decir, el conjunto de pasos metódicos que nos permiten afirmar ciertas certezas, a partir de las cuales podemos fabricar opiniones que nos permitan tomar decisiones. Si el pensamiento crítico político es empleado de modo mágico, lo que es espantosamente más fácil que en las ciencias duras, naturalmente no llegaremos a mucho más que jaculatorias políticas, es decir a un conjunto de ritos y ceremonias, de carácter mítico-mágico, “Deus ex machina”, “abracadabras”, “ábrete Sésamos”.
Y de ahí a suponer que la acción concertada de grupos o individuos con poder deviene en conspiraciones y complots hay solamente un paso, y muy corto de dar. Lo que no quiere decir que no exista conspiración o complot necesariamente, simplemente determina que hay una tendencia natural, de carácter mítico-mágico, a construir teorías de conspiración que expliquen ciertos hechos de la realidad. Pero no es el pensamiento crítico el “culpable” de ello, como ciertos conservadores opinan. De hecho un uso adecuado de éste es un efectivo deconstructor de la verdad o falsedad de las “teorías de conspiración”. Pero, análogamente a las ciencias duras, no en el nivel de la afirmación o proposición, sino en el nivel de su operatividad. Vale decir, en la medida que necesita seguir un conjunto metódico de pasos que asegure la obtención de ciertas certezas, y es de ahí de donde proviene su validez, no de su enunciación “mágica”.
En Educación se dan operativizaciones de la habilidad del pensamiento crítico aplicado a determinadas áreas del conocimiento, que están especificadas en el Diseño Curricular Nacional. Podemos discutir la filosofía que lo sustenta o discrepar de los métodos y procedimientos para alcanzar las cimas esperadas del pensamiento crítico. Pero es indudable que su uso se considera importante para lograr una adecuada inserción de nuestros alumnos en la lógica del conocimiento humano en cuanto proceso social y cultural. Sin embargo, los problemas de aplicación son ingentes, pues nuestros operadores – los maestros – por múltiples razones, confunden con facilidad el proceso del conocimiento con sus resultados, en lo que, hay que decirlo, están acompañados por el resto de la sociedad. Precisamente el problema está en que aún no entendemos socialmente la estructura socio-cultural del conocimiento. Tal vez porque la urgencia de nuestras necesidades sociales determina la urgencia de obtener resultados, pero ya, es que creemos aún en las aplicaciones mecánicas, o peor aún, mecanicistas y positivistas ingenuas.
No puedo evitar mencionar aquí la constatación de Luis Guerrero en su reciente artículo “¡Que le corten la cabeza!”, publicado en su blog “El río de Parménides” sobre las habilidades de alumnos universitarios en situaciones específicas, ni su conclusión de que el sistema no enseña a pensar, sino que más bien “corta la cabeza”. Si las habilidades requeridas para la vida en una sociedad global, en el pensamiento crítico y otras habilidades anexas, no son aprendidas dentro del sistema educativo, entonces las gentes retornarán a las tranquilidades que proporciona la estructura simbólica del pensamiento mágico. Y es únicamente natural que eso suceda. La educación “científica” es, o debiera ser, una educación en el método científico. Pero es asumida en una perspectiva de evocación exclusiva. Y se cree y se dice que repetir la fórmula de la “inter-acción termoiónica” es ciencia.
Recuperando el tema principal, no es tampoco descaminado suponer que si el precio del arroz, el azúcar, la gasolina o los medicamentos suben, puede deberse perfectamente a una “conspiración” entre los productores para incrementar sus márgenes de ganancia. Ello sería, dentro de una aplicación adecuada del pensamiento crítico, una hipótesis a considerar, que necesitaría ser puesta en suspenso hasta que pudiera ser comprobada y confirmada. No se puede confundir la realista percepción de los intereses de un conjunto de oligopolios con una teoría de conspiración construida de manera estereotipada para explicar todos los acontecimientos. El hacerlo es propio de obsesivos o chalados intelectuales. No hace muchos días un connotado periodista, antiguo director de un importante diario, manifestó que un funcionario deseaba conchabarlo para crear una especulación sobre el tipo de cambio en el 2006, a fin de crear un efecto político. Así que no es que todo lo que parezca conspiración no lo sea. Sería el error contrario a suponer que nada lo es. Aunque no toda “teoría de conspiración” es cierta, tampoco eso no significa que no existan conspiraciones. La diferencia está precisamente en el procedimiento o proceso seguido para determinarlo, no en la afirmación final.
La “teoría de conspiración” asumida de modo estereotipado como procedimiento de explicación, por lo general es un “deus ex machina”, es decir es una suerte de palabra mágica para explicar una serie de aspectos de la realidad a la que no se encuentra explicación. Pero hay algo de “sabiduría espontánea” en tales teorías. Detrás de las “teorías de conspiración” está el ingenioso concepto popular de que si alguien anda como pato, tiene pico y plumas de pato, come como pato, nada como pato, pues de seguro existen grandes posibilidades de que sea un pato. Y el problema con las “teorías de conspiración” es que ha habido demasiados patos sueltos, y se ha sabido de demasiados complots que resultaron muy reales y ciertos. De ahí que hay que diferenciar las conspiraciones reales o probables de las fantasiosas o improbables, y ello es una cuestión de procesos racionales, de pensamiento crítico sistemático, no de crítica a lo bestia.
Y me parece que como primera aproximación ya está bueno. Veamos si esto levanta alguna opinión. Creo que se lo merece. Ahí lo dejamos por hoy.











